Aanuk Recomienda: La Mansión Starling, de Alix E. Harrow

Aanuk Recomienda: La Mansión Starling, de Alix E. Harrow

Sin hacer mucho ruido, Alix E. Harrow se ha hecho un hueco en la fantasía contemporánea en los últimos años. Tras reunir varios relatos en Cuentos para Algernon y su maravilloso cuento «El sicomoro y la sibila» en Abrazando la revolución, hemos podido disfrutar también de sus novelas en castellano.

Sus historias exploran ante todo el sentimiento de pertenencia: a un lugar, a una familia. Después de leer toda su obra en castellano, puedo decir que es su tema fetiche: aparece tanto en formato corto como en largo, pero explorado desde muy diversos ámbitos. Su sello: un estilo cuidado, que explota la voz de los personajes sin dejarse llevar por la vulgaridad, y sin caer en el exceso. En resumen: escribe bonito. Y escribe historias bonitas. Quizá por eso se ha convertido en una de mis escritoras de cabecera: son lecturas reconfortantes, en las que sufres un poquito pero sabes que todo acabará (más o menos) bien.

La Mansión Starling tiene todo eso. Una prosa envolvente, que te hiela los huesos como un sombrío día de niebla, o te abraza como el arrullo de un gatito. Unos personajes con mucho carácter, desarraigados, que buscan su lugar en el mundo. Y algunos lo encuentran ahí, en la Mansión Starling.

Cubierta de la novela. Sobre fondo morado, hay muchos pájaros negros con el pico dorado. Agunos sujetan flores, otros sujetan llaves.

Harrow se mete en el tropo de la casa embrujada desde una perspectiva que se le da muy bien: lo que cuentan de ella. Ya explotó este recurso en Las brujas del ayer y del mañana, en la que los hechizos se escondían en canciones infantiles. Aquí, la verdad de la Mansión y la familia Starling se encuentra entre los rumores y las leyendas sobre el lugar. Una casa maldita frente a una familia maldita y un pueblo maldito: los Gravely y Eden, que llevan más de un siglo envueltos en extrañas muertes y desapariciones. Y una niebla que, cuando se alza, no trae nada bueno.

En medio de todo eso está Opal, una huérfana que quiere, por encima de todo, sacar a su hermano adolescente de la pobreza y el destino que lleva asociado. Él es brillante y se merece más que vivir en una habitación de motel que su madre ganó en una apuesta a la dueña. Así que, cuando el extraño habitante de la Mansión Starling le ofrece trabajar allí limpiando, no puede negarse: necesita el dinero, le pagan mucho más que en el dichoso supermercado de mala muerte en el que trabaja, y ella nunca ha sido supersticiosa. Pasa de los rumores y las advertencias: el riesgo merece la pena.

De hecho, lo más peligroso de trabajar allí es la señora que empieza a acosarla y a extorsionarla para que le dé información sobre la Mansión. Y es que allí parece haber mucho más que telarañas. Pasillos que cambian, trampillas bajo las alfombras y una biblioteca digna de La Bella y la Bestia.

La Bella y la Bestia merece otro punto y aparte en esta reseña. Si antes he mencionado la influencia de los cuentos para Las brujas del ayer y del mañana, las referencias de este relato en particular en La Mansión Starling son incuestionables (y las he disfrutado como una enana, sobre todo una escena en particular que me hizo chillar). Y es que esa dualidad sobre las medias verdades también se introduce en el concepto de qué consideramos una bestia o un monstruo. De una manera bastante oblicua Harrow denuncia cómo el autocastigo puede transformarnos, normalmente, hacia algo mucho peor de lo que somos en realidad.

Harrow mezcla las verdades y fantasías de los lugareños con los secretos de la familia Starling, desentrañando poco a poco la leyenda y lo que se esconde tras la máscara del último miembro de la familia: Arthur. Sin prisa pero sin pausa, cada capítulo es un poco más de información, un slow burn que no por previsible resulta menos satisfactorio. La reflexión sobre la pertenencia se entrelaza con los traumas heredados, la culpa, los sueños, el deseo. Con todo ello, la autora construye una obra llena de humanidad, de niebla y sombras y destellos de luz, que reverbera en cualquier descastade.

Aunque está lejos de ser mi favorita de la autora, y me mantengo en que Harrow es mejor relatista que novelista, La Mansión Starling es una buena lectura. Explora temas de calado, algunos de los cuales he mencionado, pero también otros como el duelo por la muerte materna; tiene personajes queer (¡y hombres bisexuales!); maneja bien el ritmo, aunque a veces repite conceptos no llega a hacerse cargante, y David Tejera, su traductor, ha trasladado genial las voces de los personajes. 

Si tuviera que vincularla con alguno de los relatos de Aanuk, se me viene a la mente La tundra, en su hambre inagotable, de Isa J. González, que también habla de duelo y de qué necesitamos para seguir adelante.

Reseña de Laura S. Maquilón

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